Inescrutables son Sus caminos

“¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos! Porque ¿quién entendió la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero? ¿O quién le dio a él primero, para que le fuese recompensado? Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén.”‭‭ Romanos‬ ‭11:33-36‬ ‭RVR1960

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Nunca antes fue tan necesario confrontar la soberbia de nuestras palabras con la realidad de nuestra ignorancia.

Vivimos ante la generación más educada e informada de toda la historia (ver artículo de Pew Research Center, en inglés, How Millenials Today Compare with their Grandparents from 50 years ago), por lo que hemos llegado a entendernos como capaces y normativos: nuestras palabras no son sólo palabras o ideas, son verdades irrefutables, capaces de borrar conciencias, destruir conceptos, cambiar la “ideología de género”, redefinir la familia y sus roles, actualizar el criterio de lo que es vida y lo que no, y en ese mismo proceso erradicar a Dios y Su Palabra de nuestros hogares, escuelas y mentes.

Hoy más que nunca es pertinente entender las palabras que el Espíritu de Dios inspiró al apóstol Pablo: “Pues está escrito: Destruiré la sabiduría de los sabios, Y desecharé el entendimiento de los entendidos. ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el escriba? ¿Dónde está el disputador de este siglo? ¿No ha enloquecido Dios la sabiduría del mundo? (‭‭1 Corintios‬ ‭1:19-20‬ ‭RVR1960‬‬).

¿Somos realmente tan sabios para no necesitar el conocimiento del Señor? ¿Ha sustituido nuestra “sabiduría” la infinita sabiduría suya? ¿Es Su Palabra ya algo sin importancia o vigencia? Según los intelectuales de este siglo, Dios ya no es actual, vigente ni necesario. Friedrich Nietzsche dijo por todos:

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“Dios ha muerto. Dios sigue muerto. Y nosotros lo hemos matado. ¿Cómo podríamos reconfortarnos, los asesinos de todos los asesinos? El más santo y el más poderoso que el mundo ha poseído se ha desangrado bajo nuestros cuchillos: ¿quién limpiará esta sangre de nosotros? ¿Qué agua nos limpiará? ¿Qué rito expiatorio, qué juegos sagrados deberíamos inventar? ¿No es la grandeza de este hecho demasiado grande para nosotros? ¿Debemos aparecer dignos de ella?” Nietzsche, La gaya ciencia, sección 125

Nuestra “sabiduría” nos ha llenado de orgullo, de soberbia, nos ha hecho los rectores de nuestro destino, tal como hemos querido hacer siempre.

Sin embargo, nuestra propia ciencia desdice nuestra creencia de ser sabios. Biológicamente seguimos naciendo “varón y hembra”, identificados por la combinación de dos cromosomas (“x”, “y”). Nuestros diccionarios definen el fecundar como “unir o unirse el elemento reproductor masculino al femenino dando inicio al desarrollo de un nuevo ser vivo“. Tanto es nuestra ignorancia, que no conocemos nuestro propio cuerpo: a penas en Enero de este año (2017) los diarios del mundo publicaban como noticia de la designación del “Mesenterio” como nuevo órgano en el cuerpo humano. Se nos escapó durante siglos y siglos su funcionamiento! Y como si fuera poco, ayer, 16 de Febrero, los “sabios” del mundo han “descubierto” nada más y nada menos que un nuevo continente, Zealandia.

Definitivamente, apelar a nuestra sabiduría como razón para ser o hacer por encima de la Sabiduría y los designios del Creador, es insensatez. Tiempo es, pues, de procurar llenarnos de la verdadera Sabiduría. Tiempo es de, al más puro estilo del profeta Samuel, pedir con humildad al Señor que hable mientras en silencio nos disponemos a escuchar de Sus Maravillas…

“… derribando argumentos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la obediencia a Cristo” 2 Corintios 10.5 RVR1960

Espiritualmente Incoherentes

No crees en mi Jesús como Dios y Salvador, más bien le ves como una opción más dentro del espectro de los grandes filósofos, filántropos y filólogos de la historia. No valoras Su Palabra como divinamente inspirada, más bien la consideras como un manojo de inexactitudes y anacronismos, en el mejor de los casos con cierto valor cultural y de formación humana. No crees que necesitas ser salvado, perdonado, restaurado, como creo necesitamos todos los nacidos de mujer. Tienes tu propia interpretación e idea de Dios, eres “espiritual” pero no creyente y mucho menos cristiano… Entonces, si no procuro imponerte lo que creo, lo que firmemente entiendo es la verdad (en singular), por qué quieres ridiculizarme por no aceptar tus ideas? Por qué puedes llamarme “intolerante” y yo no puedo decirte que “por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús” ‭‭(Romanos‬ ‭3:23-24‬; RVR1960)? Por qué si mi fe no te sirve para vivir diferente sí debe servirte para apoyarte a ti en tu forma de vivir? Al final quieres que el Dios en quien no crees te vindique, que la Santa Palabra que desdeñas te bendiga y celebre tus logros, y que la fe que no te interesa para salvación eterna  te haga sentir bien… No te parece incoherente? No crees que al final estás sólo buscando la aprobación del Dios que rechazas, pensando que de verdad puedes imponer tu juicio y tus normas delante de Él? Recuerda esto:

“Mas antes, oh hombre, ¿quién eres tú, para que alterques con Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: Por qué me has hecho así?”

‭‭Romanos‬ ‭9:20‬ ‭RVR1960‬‬

Los resultados del TRABAJO – ¿Qué quieres lograr?

No fue este el primero de los conocimientos que adquirí en el bachillerato que necesitó ser revisado al ingresar a la Universidad Central del Este, por allá por el 1993. Recuerdo a mi profesor de física en secundaria definir para nosotros TRABAJO como “fuerza por desplazamiento”, en consonancia con la ecuación que nos mostraba en la pizarra: W = F x D. Simple. ¿O quizá no tanto?

En la UCE aprendí que el asunto era algo más complejo: el trabajo es una unidad que mide resultados, que establece el efecto de la energía invertida para realizar algún esfuerzo, por esto a la definición del bachillerato se añadió la frase “en la dirección de la fuerza”, o sea:

Trabajo es igual a la fuerza requerida para mover un objeto y el desplazamiento que resulta de aplicar dicha fuerza”

Definición Física de TRABAJO (de wikipedia.org)

Recientemente, mientras celebraba con mis compañeros de Atlantic Caribbean Packaging el Día del Fundador (la corporación decidió honrar a Horace Carter y su lucha contra el KKK en Estados Unidos en los inicios de Atlantic), y al dirigirme a ellos durante el discurso de apertura, les comparaba los aspectos físicos del trabajo con los laborales. De la definición física antes compartida se desprenden tres corolarios:

  1. El resultado del esfuerzo invertido es cuando el objeto que lo recibe se mueve en más de una dirección.
  2. El resultado del esfuerzo invertido en el trabajo es  veces nulo, cuando la dirección hacia donde se mueve el objeto es diferente a la de la fuerza que se aplica.
  3. De igual manera, es nulo el trabajo si no hay desplazamiento.

Llevar una carga pesada a cuestas, por ejemplo, no resulta en trabajo alguno, pues la fuerza se plica de manera vertical pero mi desplazamiento es horizontal.

Es entonces evidente que, para obtener los resultados que esperamos del trabajo, necesitamos enfocarnos en la dirección antes que en la cantidad de fuerza”

Muchos de nosotros, que somos empleados, no encontramos otra satisfacción en nuestro trabajo más que el cansancio y el sudor. Nos esforzamos cada día más, nos levantamos más temprano, nos acostamos más tarde, y al final todo parece seguir igual. Es que esforzarse más sin saber hacia dónde quiero ir no sirve para nada, tan sólo para estar cansado.

No me tomes a mal, no estoy diciendo que no es necesario esforzarse. Lo que digo es que todo ese esfuerzo debe estar bien direccionado para obtener resultados. Tu trabajo debe ser inteligente, no tan sólo duro. ¿Qué quieres lograr? Cuando sepas la respuesta a esta pregunta entonces direcciona tus esfuerzos hacia allí!

Revisando mis resoluciones para el 2012

Concluye el 2012, y antes de embarcarnos en metas nuevas para el 2013 es oportuno repasar aquellas que fueron parte del año que acaba. En Diciembre del 2011 compartí con la Congregación Bíblica Cristiana Las Caobas mis resoluciones para el 2012, e invitaba a los hermanos a considerar las mismas. 2012-2013

Estas fueron mis resoluciones:

  1. “Y Daniel propuso en su corazón no contaminarse…” (Daniel 1.8); cuando el joven Daniel y sus amigos fueron llevados a la cautividad su procedencia les privilegio sobre los otros: buena familia, buena educación, buena reputación (1.3, 4) les granjeó franca entrada al palacio real tanto a Daniel como a sus amigos en tiempos de tribulación para todo Israel. Sin duda era fácil en esta situación enorgullecerse y saciar sus vidas con todo el “bien” que Babilonia tenía para ofrecerle a jóvenes “bien parecidos” y de privilegiada posición, y poner así a un lado el compromiso con Jehová y sus divinas ordenanzas. Sin embargo, Daniel y sus amigos decidieron no contaminarse con lo que les era provisto desde el palacio real. Esto no es sólo un asunto de alimentos, es una decisión de vida que muestra como Daniel y sus amigos estaban tan comprometidos con la pureza que tenían cuidado aún de las cosas que comían. Durante todo este 2012 he luchado por mantener mi mente enfocada en esta decisión, y esto ha sido vital en mi crecimiento personal, en mi relación con mi Señor y Salvador. No tengo en mi suficiente pureza como para merecerle a El, pero sigo procurando la pureza para no afectar mi relación con El.
  2. “Respondió Rut: No me ruegues que te deje, y me aparte de ti; porque a dondequiera que tú fueres, iré yo, y dondequiera que vivieres, viviré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios. Donde tú murieres, moriré yo, y allí seré sepultada; así me haga Jehová, y aun me añada, que sólo la muerte hará separación entre nosotras dos. Y viendo Noemí que estaba tan resuelta a ir con ella, no dijo más.” (Rut 1.16–18); la determinación de Rut de no abandonar a su suegra a pesar de las circunstancias (la viudez, que en el oriente medio de esos tiempos era una condena al sufrimiento y la miseria, el mudarse a un país diferente y abandonar su propia familia, etc) es sorprendente y alentadora. Sin duda era mucho más sencillo para Rut el regresar a su familia y procurar vivir del campo y de lo que su padre y hermanos le permitieran obtener, que tener que ir a una nación sería vista como intrusa y en la que probablemente debería prostituirse para vivir. Sin embargo, nada de esto importaba cuando lo que estaba en juego era la vida de su amiga Noemí. Tal como Rut, he comprometido mi vida a no dudar en hacer lo que sea necesario para ser útil y mostrar amor a mi familia, mis amigos y mis hermanos. Sufrir con ellos, no abandonarles a su suerte, entender que debo estar ahí para ellos, sin importar lo que me cueste a mi.
  3. “Después de esto se turbó el corazón de David, porque había cortado la orilla del manto de Saúl.Y dijo a sus hombres: Jehová me guarde de hacer tal cosa contra mi señor, el ungido de Jehová, que yo extienda mi mano contra él; porque es el ungido de Jehová.” (1º Samuel 24.5–6); David es perseguido por Saúl, su suegro y rey de Israel. Esta persecución no tenía nada que ver con daños que ocasionara David, pero más bien en los celos y temores de Saúl. David había sido ungido para ser rey de Israel en lugar de Saúl, pero nunca procuró apoderarse del trono, antes prefirió esperar el tiempo de Dios. Tremenda lección de David para tantos de nosotros! Todos aquellos que estamos bajo la autoridad de alguien en el ministerio nos sentimos tentados a desdeñar tal autoridad, a murmurar contra ella y, en ocasiones a procurar removerla por cualquier medio posible, y más triste es pensar que muchos de nosotros caemos en dichas tentaciones. Si alguien podía decidirse a criticar, murmurar, deponer la autoridad puesta sobre él era David. En el pasaje más arriba señalado, David tenía en sus manos la vida de Saúl (hecho que ocurrió en dos oportunidades diferentes), y pudiendo David poner fin a las persecuciones de Saúl, al temor por su propia vida, y siendo apoyado y motivado por sus hombres a que lo hiciera, David prefirió ser fiel al Señor, aun sabiendo que el reino sería suyo él decidió esperar el tiempo de Dios. Que gran año para crecer en esto! No debo levantarme contra aquel o aquellos que el Señor a colocado sobre mi, tengo o no yo motivos para ello. Hacer la voluntad del Señor y esperar por Su tiempo y no el mío.

Doy gracias al Señor porque ninguna de estas resoluciones me abandonaron en todo el año, y no creo que me abandonen ya nunca más. Gracias, Señor.

La iglesia y sus caídos

Una reflexión y resumen sobre el mensaje predicado este Domingo 4 de Noviembre, 2012:

Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado. Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo[1]

Durante mucho tiempo, en  los albores de mi fe cristiana, escuché a algunos referirse al cristianismo como la única milicia que destruye a sus caídos. La propuesta de quienes exponen una sentencia como esta es que los creyentes tienden a agruparse para contrarrestar los posibles efectos que pueda en ellos tener las faltas (pecados) cometidas por algunos de sus miembros: la burla de la sociedad, las críticas de los escépticos, y hasta el temor de que dichos males pudieran propagarse en la congregación tal cual enfermedad altamente contagiosa. La verdad es que, aunque pudiera ser este el caso de algunas congregaciones, no aprendí así en mi congregación madre. Nunca el valor de este pasaje de Escritura (Gálatas 6.1) fue puesto a un lado al momento de lidiar con los pecados de cualquiera de los hermanos.

“… restauradles”

Cuando nuestro Señor está a punto de ser entregado y separado de sus discípulos, se toma tiempo para exhortarles en valores de amor, obediencia y humildad, muy necesarios para la vida cristiana y para el ministerio que recién iniciarían. Uno de estos es el que nos narra Juan en el capítulo 13 de su evangelio:

Luego puso agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos, y a enjugarlos con la toalla con que estaba ceñido. Entonces vino a Simón Pedro; y Pedro le dijo: Señor, ¿tú me lavas los pies? Respondió Jesús y le dijo: Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora; mas lo entenderás después. Pedro le dijo: No me lavarás los pies jamás. Jesús le respondió: Si no te lavare, no tendrás parte conmigo. Le dijo Simón Pedro: Señor, no sólo mis pies, sino también las manos y la cabeza. Jesús le dijo: El que está lavado, no necesita sino lavarse los pies, pues está todo limpio; y vosotros limpios estáis, aunque no todos[2]

Dos cosas nos muestra el Señor en este diálogo con el apóstol Pedro: el primero es que aun los que están en esencia “limpios” se ensucian, y el segundo que Jesús es el que limpia. Esto eso cónsono con  lo que el apóstol Juan nos dice en su primera epístola:

 Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo[3]

 El Dios Santo a quien servimos demanda y espera de nosotros vidas santas:

 … pues la voluntad de Dios es vuestra santificación[4]

Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna[5]

 Nuestro objetivo de vida debe ser entonces ser Santos, así como Él es Santo[6].

Apóstol Pedro

Apóstol Pedro

Sin embargo, como mencionamos antes, los que hemos sido limpiados nos ensuciamos.  Valioso es no perder de vista que en el pasaje del evangelio de Juan antes citado, es Pedro quien se resiste a que el Señor lave sus pies. Es el mismo Pedro que tantas veces entendía que debía “corregir” al Señor, que cuestionaba las palabras del Señor[7]; es el Pedro que con soberbia afirmó “aunque todos estos te dejaren, yo no te abandonaré; mi vida pondré por ti[8]” y que pocas horas después le negó con tal vehemencia que aun maldijo[9]. Es el mismo Pedro que después de la resurrección del Señor, pensando que ya no tenían nada que hacer, decide regresar a pescar[10]. Es el mismo Pedro que luego recibe tres veces consecutivas la misma visión del Señor (un lienzo con animales de todo tipo) y que al escuchar voz del cielo que le ordena “Mata y come”, dos veces responde “No, nunca he comido animales inmundos”[11]. Es el mismo Pedro que, al juzgar de Pablo, actuaba como hipócrita en Antioquia, pues comía y compartía con los gentiles pero al llegar a ellos una delegación de judíos cristianos de Jerusalén se aparta de ellos[12]. Ese es el esencialmente lavado apóstol Pedro, a quien el Señor le dio las llaves del reino (mismas que usó para “abrir” el reino a judíos, samaritanos y gentiles[13]), el primero entre los apóstoles. Este Pedro se ensució, cayó, como muchos en nuestras congregaciones caen hoy. ¿Qué podemos hacer con estos? ¿Qué respuesta debe dar la iglesia a estos que caen?

El apóstol Pablo se nutre de una figura magnífica en Gálatas 6.1. A primera lectura, parece que Pablo invita a los hermanos a “sorprender” en faltas a los demás, pero al leer con más cuidado los términos “sorprendido” y “falta” en el idioma original nos damos cuenta que Pablo nos propone el escenario de caza, donde un animal feroz acorrala una presa que, por descuido (falta), se encuentra indefensa y a merced del mismo. La idea entonces que transmite Pablo en el pasaje ese “si alguno es hecho presa del pecado”, debemos restaurarle. Restaurar es reparar, devolver a una condición anterior. En nuestro tiempo, el “reparar” de este pasaje tiene equivalencia con el trabajo que hace un curador: con los instrumentos modernos que le permiten evaluar los daños de una obra antigua, y con las herramientas antiguas que le permitan preservar lo original de la obra, se ocupa con mucho cuidado de reparar, dar viveza, a una obra que el tiempo ha hecho ver descolorida. Esta es una labor delicada en extremo, y no cualquiera puede hacerlo, y esto es verdad también para los llamados a restaurar a los que caen: Pablo dice que deben ser “espirituales”. ¿Qué quiere decir “espirituales”?

El contraste de Pablo aquí es entre lo que ha mencionado en el capítulo 5, las obras de la carne y el fruto del Espíritu:

Obras de la carne Fruto del Espíritu
Adulterio

Fornicación

Inmundicia

Lascivia

Idolatría

Hechicerías

Enemistades

Pleitos

Celos

Iras

Contiendas

Disensiones

Herejías

Envidias

Homicidios

Borracheras

Orgías

Y cosas semejantes

a estas

Amor

Gozo

Paz

Paciencia

Benignidad

Bondad

Fe

Mansedumbre

Templanza

Un creyente puede ser sorprendido en cualquiera de las faltas que se reconocen como las “obras de la carne”. De la misma manera, uno que restaura debe ser uno que manifiesta en su vida el fruto del Espíritu. Cada una de las características de dicho fruto apunta a un creyente maduro, capaz de restaurar en amor al caído. Entonces,  no cualquiera puede restaurar al caído, debe ser alguien que evidencia el fruto del Espíritu.

Finalmente, Pablo ofrece tres consejos a quien habrá de restaurar:

  1. Que emprenda la tarea con “espíritu de mansedumbre”, no como un débil pero como uno que siendo fuerte es guiado por el Señor y Su voluntad
  2. Que tenga cuidado de no ser “tentado”; es decir, que sea capaz de resistir las cosas que llevaron a la caída al hermano.
  3. Que soporte (lleve en hombros) las cargas de los otros, pues no siempre el herido puede valerse por sí mismo y necesita que le lleven a hombro. Esto es lo que hizo el Señor por nosotros en la Cruz.

Como vemos, la labor de la iglesia con sus caídos es la de restauración en amor. Me llega a la mente Juan 21, cuando el Señor desde la orilla indica a sus discípulos “descarriados” dónde podrían pescar (pues la noche habían procurado conseguir algo y el resultado era nada) y el apóstol Pedro le reconoce y salta de la barca a su encuentro. Hasta este momento, el Señor no ha tratado con Pedro sobre su negación o su retorno a pescar. Pedro es recibido por el Señor en la orilla no con reproches, pero con alimento para su cuerpo cansado. Luego, el Señor le lleva aparte y le cuestiona dos veces “Pedro, ¿me amas más que estos?”, a lo que Pedro responde “Señor, yo te tengo mucho aprecio”. A la tercera vez el Señor le pregunta a Pedro “¿Me tienes aprecio?”, y Pedro finalmente reconoce su falta diciendo “Señor, Tú sabes todas las cosas, tu sabes que te aprecio, que mi amor por ti no ha sido completo, que te he fallado”. Si, como Pedro, nos encontramos hoy confrontados por el Señor a levantarnos de las faltas en que hemos caído, confesemos y apartémonos, y comprobemos la gran misericordia del Dios nuestro, que es amplio en perdonar.

JAH, si mirares a los pecados,

¿Quién, oh Señor, podrá mantenerse?

Pero en ti hay perdón,

Para que seas reverenciado[14]

Vladimir Aquino Gatón

Noviembre 4, 2012


[1] Gálatas 6.1, 2

[2] Juan 13.5-10

[3] 1 Juan 2.1

[4] 1 Tesalonicenses 4.3

[5] Romanos 6.22

[6] 1 Pedro 1.15

[7] V. g. Mateo 16.22

[8] Mateo 26.33-35

[9] Mateo 26.74, 75

[10] Juan 21.3

[11] Hechos 10.9-16

[12] Gálatas 2.11, 12

[13] Hechos 2.14-40; 8.14, 15; 10.34-44

[14] Salmo 130.3, 4