Nuevo “ANATEMA”

Este es el funeral de “Gilbert”, quien fuera asesinado de 11 balazos en uno de esos intercambios de disparos tipo películas del viejo oeste, donde los villanos son acribillados y los héroes no reciben ni un rasguño. Al leer la noticia en DiarioLibre.com me encontré con este párrafo:

“Cientos de jóvenes tomando whisky “etiqueta negra” y cerveza, cantando reggaetones, salsas y canciones del grupo Tercer Cielo, caminaron todo el trayecto en motores, bicicletas, camionetas, carros y a pie, hasta el camposanto”

Sepelio de "Gilbert"

Sepelio de “Gilbert”

Que triste! Triste cuando el mensaje de Cristo se disfraza y se tuerce tanto que termina cualquierizado. Esta nueva forma de “anatema” (según Pablo en Gálatas 1.6-10) es un mensaje que no tiene poder y que da falsas esperanzas, que pierde en lugar de salvar. Que triste cuando los cristianos en lugar de brillar y destacarnos queremos ser populares. Ponemos a un lado el propósito por el que estamos aquí, ser sal y luz de la tierra.

Estoy maravillado de que tan pronto os hayáis alejado del que os llamó por la gracia de Cristo, para seguir un evangelio diferenteNo que haya otro, sino que hay algunos que os perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo. Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema. Como antes hemos dicho, también ahora lo repito: Si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema. Pues, ¿busco ahora el favor de los hombres, o el de Dios? ¿O trato de agradar a los hombres? Pues si todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo” (Pablo en Gálatas 1.6-10)

Como bien enseña Pablo, la meta no es agradar a los hombres, no es ser populares entre ellos. No podemos hacer del evangelio “agua de melao”, pues entonces deja de ser el evangelio y se convierte en maldición. Maldición para los que lo creen, pues refugiados bajo un manto falso de esperanzas se pierden eternamente; maldición también para los que lo propagan, pues se hacen a sí mismos culpables de la sangre de aquellos que se perdieron.

El evangelio es de Dios, no de hombres, agrademos a Dios entonces!

La iglesia y sus caídos

Una reflexión y resumen sobre el mensaje predicado este Domingo 4 de Noviembre, 2012:

Hermanos, si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no sea que tú también seas tentado. Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo[1]

Durante mucho tiempo, en  los albores de mi fe cristiana, escuché a algunos referirse al cristianismo como la única milicia que destruye a sus caídos. La propuesta de quienes exponen una sentencia como esta es que los creyentes tienden a agruparse para contrarrestar los posibles efectos que pueda en ellos tener las faltas (pecados) cometidas por algunos de sus miembros: la burla de la sociedad, las críticas de los escépticos, y hasta el temor de que dichos males pudieran propagarse en la congregación tal cual enfermedad altamente contagiosa. La verdad es que, aunque pudiera ser este el caso de algunas congregaciones, no aprendí así en mi congregación madre. Nunca el valor de este pasaje de Escritura (Gálatas 6.1) fue puesto a un lado al momento de lidiar con los pecados de cualquiera de los hermanos.

“… restauradles”

Cuando nuestro Señor está a punto de ser entregado y separado de sus discípulos, se toma tiempo para exhortarles en valores de amor, obediencia y humildad, muy necesarios para la vida cristiana y para el ministerio que recién iniciarían. Uno de estos es el que nos narra Juan en el capítulo 13 de su evangelio:

Luego puso agua en un lebrillo, y comenzó a lavar los pies de los discípulos, y a enjugarlos con la toalla con que estaba ceñido. Entonces vino a Simón Pedro; y Pedro le dijo: Señor, ¿tú me lavas los pies? Respondió Jesús y le dijo: Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora; mas lo entenderás después. Pedro le dijo: No me lavarás los pies jamás. Jesús le respondió: Si no te lavare, no tendrás parte conmigo. Le dijo Simón Pedro: Señor, no sólo mis pies, sino también las manos y la cabeza. Jesús le dijo: El que está lavado, no necesita sino lavarse los pies, pues está todo limpio; y vosotros limpios estáis, aunque no todos[2]

Dos cosas nos muestra el Señor en este diálogo con el apóstol Pedro: el primero es que aun los que están en esencia “limpios” se ensucian, y el segundo que Jesús es el que limpia. Esto eso cónsono con  lo que el apóstol Juan nos dice en su primera epístola:

 Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo[3]

 El Dios Santo a quien servimos demanda y espera de nosotros vidas santas:

 … pues la voluntad de Dios es vuestra santificación[4]

Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna[5]

 Nuestro objetivo de vida debe ser entonces ser Santos, así como Él es Santo[6].

Apóstol Pedro

Apóstol Pedro

Sin embargo, como mencionamos antes, los que hemos sido limpiados nos ensuciamos.  Valioso es no perder de vista que en el pasaje del evangelio de Juan antes citado, es Pedro quien se resiste a que el Señor lave sus pies. Es el mismo Pedro que tantas veces entendía que debía “corregir” al Señor, que cuestionaba las palabras del Señor[7]; es el Pedro que con soberbia afirmó “aunque todos estos te dejaren, yo no te abandonaré; mi vida pondré por ti[8]” y que pocas horas después le negó con tal vehemencia que aun maldijo[9]. Es el mismo Pedro que después de la resurrección del Señor, pensando que ya no tenían nada que hacer, decide regresar a pescar[10]. Es el mismo Pedro que luego recibe tres veces consecutivas la misma visión del Señor (un lienzo con animales de todo tipo) y que al escuchar voz del cielo que le ordena “Mata y come”, dos veces responde “No, nunca he comido animales inmundos”[11]. Es el mismo Pedro que, al juzgar de Pablo, actuaba como hipócrita en Antioquia, pues comía y compartía con los gentiles pero al llegar a ellos una delegación de judíos cristianos de Jerusalén se aparta de ellos[12]. Ese es el esencialmente lavado apóstol Pedro, a quien el Señor le dio las llaves del reino (mismas que usó para “abrir” el reino a judíos, samaritanos y gentiles[13]), el primero entre los apóstoles. Este Pedro se ensució, cayó, como muchos en nuestras congregaciones caen hoy. ¿Qué podemos hacer con estos? ¿Qué respuesta debe dar la iglesia a estos que caen?

El apóstol Pablo se nutre de una figura magnífica en Gálatas 6.1. A primera lectura, parece que Pablo invita a los hermanos a “sorprender” en faltas a los demás, pero al leer con más cuidado los términos “sorprendido” y “falta” en el idioma original nos damos cuenta que Pablo nos propone el escenario de caza, donde un animal feroz acorrala una presa que, por descuido (falta), se encuentra indefensa y a merced del mismo. La idea entonces que transmite Pablo en el pasaje ese “si alguno es hecho presa del pecado”, debemos restaurarle. Restaurar es reparar, devolver a una condición anterior. En nuestro tiempo, el “reparar” de este pasaje tiene equivalencia con el trabajo que hace un curador: con los instrumentos modernos que le permiten evaluar los daños de una obra antigua, y con las herramientas antiguas que le permitan preservar lo original de la obra, se ocupa con mucho cuidado de reparar, dar viveza, a una obra que el tiempo ha hecho ver descolorida. Esta es una labor delicada en extremo, y no cualquiera puede hacerlo, y esto es verdad también para los llamados a restaurar a los que caen: Pablo dice que deben ser “espirituales”. ¿Qué quiere decir “espirituales”?

El contraste de Pablo aquí es entre lo que ha mencionado en el capítulo 5, las obras de la carne y el fruto del Espíritu:

Obras de la carne Fruto del Espíritu
Adulterio

Fornicación

Inmundicia

Lascivia

Idolatría

Hechicerías

Enemistades

Pleitos

Celos

Iras

Contiendas

Disensiones

Herejías

Envidias

Homicidios

Borracheras

Orgías

Y cosas semejantes

a estas

Amor

Gozo

Paz

Paciencia

Benignidad

Bondad

Fe

Mansedumbre

Templanza

Un creyente puede ser sorprendido en cualquiera de las faltas que se reconocen como las “obras de la carne”. De la misma manera, uno que restaura debe ser uno que manifiesta en su vida el fruto del Espíritu. Cada una de las características de dicho fruto apunta a un creyente maduro, capaz de restaurar en amor al caído. Entonces,  no cualquiera puede restaurar al caído, debe ser alguien que evidencia el fruto del Espíritu.

Finalmente, Pablo ofrece tres consejos a quien habrá de restaurar:

  1. Que emprenda la tarea con “espíritu de mansedumbre”, no como un débil pero como uno que siendo fuerte es guiado por el Señor y Su voluntad
  2. Que tenga cuidado de no ser “tentado”; es decir, que sea capaz de resistir las cosas que llevaron a la caída al hermano.
  3. Que soporte (lleve en hombros) las cargas de los otros, pues no siempre el herido puede valerse por sí mismo y necesita que le lleven a hombro. Esto es lo que hizo el Señor por nosotros en la Cruz.

Como vemos, la labor de la iglesia con sus caídos es la de restauración en amor. Me llega a la mente Juan 21, cuando el Señor desde la orilla indica a sus discípulos “descarriados” dónde podrían pescar (pues la noche habían procurado conseguir algo y el resultado era nada) y el apóstol Pedro le reconoce y salta de la barca a su encuentro. Hasta este momento, el Señor no ha tratado con Pedro sobre su negación o su retorno a pescar. Pedro es recibido por el Señor en la orilla no con reproches, pero con alimento para su cuerpo cansado. Luego, el Señor le lleva aparte y le cuestiona dos veces “Pedro, ¿me amas más que estos?”, a lo que Pedro responde “Señor, yo te tengo mucho aprecio”. A la tercera vez el Señor le pregunta a Pedro “¿Me tienes aprecio?”, y Pedro finalmente reconoce su falta diciendo “Señor, Tú sabes todas las cosas, tu sabes que te aprecio, que mi amor por ti no ha sido completo, que te he fallado”. Si, como Pedro, nos encontramos hoy confrontados por el Señor a levantarnos de las faltas en que hemos caído, confesemos y apartémonos, y comprobemos la gran misericordia del Dios nuestro, que es amplio en perdonar.

JAH, si mirares a los pecados,

¿Quién, oh Señor, podrá mantenerse?

Pero en ti hay perdón,

Para que seas reverenciado[14]

Vladimir Aquino Gatón

Noviembre 4, 2012


[1] Gálatas 6.1, 2

[2] Juan 13.5-10

[3] 1 Juan 2.1

[4] 1 Tesalonicenses 4.3

[5] Romanos 6.22

[6] 1 Pedro 1.15

[7] V. g. Mateo 16.22

[8] Mateo 26.33-35

[9] Mateo 26.74, 75

[10] Juan 21.3

[11] Hechos 10.9-16

[12] Gálatas 2.11, 12

[13] Hechos 2.14-40; 8.14, 15; 10.34-44

[14] Salmo 130.3, 4

Dones de Señales en el Nuevo Testamento

“Vinieron los fariseos y los saduceos para tentarle, y le pidieron que les mostrase señal del cielo. Mas él respondiendo, les dijo: Cuando anochece, decís: Buen tiempo; porque el cielo tiene arreboles.  Y por la mañana: Hoy habrá tempestad; porque tiene arreboles el cielo nublado. ¡Hipócritas! que sabéis distinguir el aspecto del cielo, ¡mas las señales de los tiempos no podéis! La generación mala y adúltera demanda señal; pero señal no le será dada, sino la señal del profeta Jonás. Y dejándolos, se fue” (Mateo 16.1-4)

Los judíos sentían una necesidad patológica por las evidencias y las señales. Desde el principio de su historia, Israel disfrutó de las más variadas señales, los más sensacionales prodigios: mares abiertos, columnas de nube y fuego, señales en la tierra y en el cielo, portento tras portento Dios manifestaba su favor para con el pueblo escogido. Sin embargo, el sobre énfasis en estas cosas les impidió reconocer las obras y tratos del Señor. Se hicieron a sí mismos incrédulos y demandaron señales por falta de fe, no como comprobación de cual fuera la buena voluntad de Dios. El Señor Jesucristo les mostró milagros y señales como nunca antes se habían hecho, pero la gran mayoría no le creyó y le mataron (Hechos 2.22).

Pablo es milagrosamente liberado de la cárcel en Filipos

Es precisamente por esto que los dones de señales jugaron un papel importante en el inicio de la fe cristiana. Es realmente llamativo que la vasta mayoría de los prodigios y señales fueron hechos por los discípulos ENTRE los judíos y no entre los gentiles (Hechos 5.12; 6.8; 8.6; 8.13), pues es a partir de ellos precisamente de quienes se expandiría el reino de Dios a todas las naciones.

Como si fuesen parte de una campaña publicitaria, los dones carismáticos o espectaculares atrajeron a las muchedumbres a escuchar el mensaje apostólico (Hechos 5.12-16) y sirvieron como confirmación del mensaje y del señorío de Cristo.

Estos dones se suscribían a los siguientes:

A. Lengua e interpretación de lenguas

B. Milagros

C. Sanidades

D. Discernimiento de Espíritu

De estos, los dones de lengua son los más abusados. Muchos hoy en día, mal interpretando las declaraciones del apóstol Pablo en 2 Corintios 12.1-4, procuran hablar lo que Pablo dijo que no podíamos hacer: hablar el lenguaje del tercer cielo! Como el mismo Pablo plantea en 1 Corintios 14, este abuso lo que persigue no es la gloria de Dios ni la edificación de los santos, más bien es la auto complacencia.

La primera mención de los dones de lengua nos enseñan que su propósito iba más allá de llamar la atención: eran herramientas efectivas en la proclamación del mensaje apostólico. En Hechos 2.1-13 se nos resume como sigue:

* Llamaban la atención

* Comunicaban las “maravillas de Dios”

* En el lenguaje común de los oyentes!

Es precisamente por esto que posteriormente cuando los Corintios, fascinados por la notoriedad de los dones carismáticos, llevaron el hablar en lenguas extrañas al culto mismo fue necesario incluir como bastón al don de interpretación de lenguas (1 Corintios 14.5). Así, pues, se buscaba preservar la idea de comunicar el mensaje para edificación de los oyentes y no la simple glorificación personal (ibid. 14.1-4).

En cuanto a los milagros, la idea que estos transmitían era la de actos de naturaleza superior a la humana pero hechos por humanos, los apóstoles. Como en el caso anterior, veamos un ejemplo entre los tantos mencionados en el libro de Hechos de los Apóstoles: el caso de Ananías y Safira (Hechos 5.1-11).

Estos dos pecaron al pretender encontrar reconocimiento público, pues al vender una propiedad quisieron congraciarse con los apóstoles, o mostrar falsa piedad, por lo que trajeron una parte de lo obtenido en la venta como ofrenda a la causa. El problema planteado aquí es que ellos mintieron al decir que habían traído todo el valor de la venta. Pedro les recuerda que la herencia les pertenecía, y que por lo mismo eran libres de hacer con ella lo que quisieran. Ambos murieron por mentir al Espíritu Santo. Esta muerte sobrenatural, sostenida simplemente en las palabras de Pedro (vs. 3-5, 7-10), produjo un impacto espiritual en aquellos que presenciaron este hecho o que llegaron a saberlo:

“Y vino gran temor sobre toda la iglesia, y sobre todos los que oyeron estas cosas” (vs. 11)

Cada hecho sobrenatural, cada milagro, se ocupaba del mismo fin: edificar a la iglesia en ciernes, a los hermanos. Como Pedro, también Esteban (6.8), Felipe (8.6, 7), Bernabé, Pablo (14.3; 15.12), y muchos otros manifestaron en sus ministerios milagros y portentos para llamar la atención de los demás a las Santas Palabras que narra el Evangelio.

Los dones de sanidad, en el mismo orden, no procuraban en sí la simple sanidad física, pero más bien la espiritual. Es importante observar que nunca los apóstoles ni los discípulos persiguieron los milagros ni las sanidades, como tampoco lo hizo el Señor Jesucristo. En lugar de ir a los hospitales, hospicios y orfanatos, o en lugar de hacer “campañas de sanidad” e invitar a todos los enfermos, los discípulos realizaban estas sanidades y milagros según se les presentaba. Por ejemplo, cuando el apóstol Pablo llega a Filipos acompañado de Lucas y Silas, y quizás de otros, una joven con espíritu de adivinación les persigue donde quiera que van (Hechos 16.16, 17). Pablo, luego de llegar al colmo, reprende al espíritu demonio y libera a la joven de su carga. Pablo no llegó a Filipos diciendo: “Traed a todos los endemoniados y enfermos, y veréis como son sanados!”. Ni siquiera libera a la joven a la primera, es cuando el accionar de esa joven entorpece el ministerio que Pablo trae liberación a su vida. De nuevo, dones carismáticos pero con propósito.